CAPITULO 01 - La Asociación estelar TW Hydrae (primera parte)
El coronel Nichols
dejó la toalla en el suelo del baño y se dirigió a su mesa en la
oficina. No era un lugar muy grande y no tenía más que el
mobiliario necesario, un escritorio de madera oscura, una silla
flotante tras él y un ordenador portátil sobre la mesa. Muchas
veces le habían ofrecido uno de los nuevos ordenadores, esos
cacharros con teclados inexistentes, reconocimiento de voz y
pantallas líquidas que aparecían solo cuando se las necesitaba,
pero el coronel era de la vieja escuela; prefería los antiguos
aparatos, esos que en la mayor parte de los sitios sólo existían en
los museos, esos que los adolescentes no habían visto nunca.
Brandon Nichols,
tenía cuarenta y cinco años, había crecido ya en las nuevas
tecnologías del siglo XXIII, pero sus padres siempre le habían
dicho que tenía un alma antigua. El resto de la oficina no tenía
nada especial, un par de cuadros recuerdos de sus últimos viajes,
uno de Japón, que le regaló un viejo amigo de la academia que vivía
ahora en Tokio y mostraba un paisaje del país y otro de una foto del
desierto Australiano. Le gustaba mirarlo de vez en cuando y perderse
en la tranquilidad de lo que aquello representaba, lejos de la muerte
y el dolor que le rodeaba en casa. Tenía un cómodo sofá, en el que
dormía de vez en cuando, siempre que no podía volver a casa por la
noche y una pequeña nevera, con un poco de comida por si acaso y
bebida; un par de pequeñas botellas de alcohol, Bourbon normalmente,
aunque la cerveza no podía faltar.
El cabello rubio,
empezaba a mostrar algunas canas, no tenía el pelo blanco, pero
sabía que no faltaban muchos más años en que así fuera. Se miró
al espejo un momento, los ojos azules ya mostraban pequeñas arrugas
en sus bordes, pero su mujer, Gena siempre decía que le encantaba
ver como se le marcaban cuando se reía, aunque tal y como estaban
las cosas, no era algo muy común.
Las noticias
empezaban puntuales, a las ocho como siempre, aunque no esperaba
escuchar nada realmente bueno. Hacía mucho tiempo que había perdido
la esperanza de escuchar algo realmente favorable para la humanidad.
Se sentó en su sillón y se preparó una copa. El médico le había
dicho que tenía que dejar de beber, pero no tenía sentido hacerlo
cuando seguramente moriría antes por una enfermedad que nadie podía
contener, que nadie sabía cómo había comenzado.
Suspiró al ver aparecer la pantalla
líquida delante de él y se preparó para el mismo discurso de todos
los días. La presentadora no era la misma de la mañana anterior. La
de ese miércoles no parecía mucho mayor que una adolescente.
Seguramente sería una chica de prácticas y se podía imaginar
también porque la presentadora de siempre no estaba ese día.
“Buenos días señoras y señoras,
en primer lugar lamento comunicarles que Jennifer Coleman,
presentadora diaria de este noticiero no podrá seguir formando parte
de nuestro equipo debido haber desarrollado la enfermedad conocida
como gripe de la sangre. Su estado, por el momento es estable, pero
debido a la falta de conocimiento de esta enfermedad,” La chica
bajó la mirada hasta la pantalla que tenía en la mesa y tuvo que
tomarse unos segundos para tranquilizarse, antes de seguir hablando.
“En otro orden de cosas, el gobierno ha puesto en cuarentena otras
veinte ciudades del país y tenemos conocimiento de que en lugares
como Europa o China se está llevando a cabo la misma situación.
El presidente Mason compareció ayer
en una rueda de prensa para hablar sobre la situación por la que
está pasando el país en estos últimos… años. Por el momento el
gobierno se mantiene paciente, con esperanzas de encontrar, con la
ayuda de científicos y laboratorios del resto del mundo, la cura
para esta terrible enfermedad.”
Brandon sabía perfectamente lo que
aquellas palabras significaban. Ni el presidente, ni un solo miembro
de su gabinete, tenía la más remota idea de cómo encontrar esa
cura que evitaría la, hasta ese momento, inevitable muerte de toda
la humanidad.
Ordenó a la pantalla que
desapareciera y se levantó. Mirar por la ventana no le hacía sentir
mucho mejor y menos cuando veía todos esos vehículos aéreos
recorrer la ciudad, zigzagueando entre los altos rascacielos y saber
que la mayoría eran transportes médicos hacia los ya bastante
abarrotados hospitales de la ciudad.
“No sé cuánto tiempo más vamos a
poder soportar esta situación.” Pensó el militar para sí mismo.
“A este paso, los enfermos y muertos superarán en número a los
vivos.”
Intentó recordar cuando había
empezado aquella horrible epidemia pero conforme los años habían
ido pasando y el extraño brote de gripe desconocida y letal se
convirtió en la mayor amenaza de la humanidad, el principio de la
pesadilla se había vuelto bastante borroso.
Su comunicador sonó, sacándole de
sus pensamientos. Sonrió al ver que se trataba de su mujer.
- Brandon, cariño, ya sé que no debería llamarte a la oficina pero me preocupa cuando no estás en casa. Esa enfermedad ...
- La gripe no pasa por el aire, es una de las pocas cosas que sabemos, Gena. Además, mi oficina como todas las de los altos mandos, es uno de los lugares más seguros.
- Esta mañana he estado en el ginecólogo. – Aún sin poder verla, Brandon sabía, por el tono de voz de su mujer, que estaba preocupada. – Tengo los resultados.
Brandon se puso
tenso, llevaban semanas esperando aquellas pruebas, era su última
oportunidad, ya lo habían probado todo y nada había funcionado. Si
querían tener hijos, aquel médico era su última carta.
- ¿Y bien?
- Lo siento cariño, según parece, aunque no estoy infectada con la gripe de la sangre, si que soy portadora. El médico dice que es algo genético, algo que he heredado de mis padres. No puedo tener hijos, nunca podré tener hijos.
- Cariño…
- No lo digas, Bran, se que lo sientes y sé que no es culpa mía, pero saber que nunca podré darte un hijo es como si me quitaran algo de mí misma.
El coronel no
podía decírselo a su mujer, pero ya sabía que Gena no podía tener
hijos nunca. Le había hecho algunas pruebas, había cogido muestras
de cabello y su ADN no mentía, hacía meses que sabía que nunca
tendrían hijos propios. Aún así, Brandon había deseado estar
equivocado, que aquellas pruebas fueran erróneas. Desgraciadamente,
no lo eran.
- Sé que no es lo mismo, pero ya sabes que podemos adoptar; podríamos tener un bebé mañana mismo si me lo pidieras. Con la gripe arrasando el planeta, hay huérfanos por todas partes y nosotros podríamos salvar uno de una muerte segura por la epidemia.
- No estoy preparada para eso, Bran.
- Hablaremos esta noche, tengo reserva en el restaurante coreano que tanto te gusta. Me ha costado dos meses conseguir mesa, pero esta noche es toda nuestra.
Deseaba tanto
hacer feliz a su mujer y la única cosa que no podía darle, era la
que ella más deseaba, la que los dos más anhelaban desde hacía
demasiado tiempo ya. Adoptarían un niño, tal vez Gena no quisiera
hacerlo por el momento; no se sentía preparada y lo comprendía,
pero con el tiempo… siempre y cuando la maldita gripe no acababa
con ellos primero.
Nada más colgar
llamaron a la puerta y Brandon miró automáticamente su reloj. “El
teniente Rogers siempre tan puntual.” Al abrir la puerta, el joven
soldado estaba allí. Gena siempre había querido preguntarle al
muchacho como hacía para mantener su cabello largo y rubio tan
perfecto. No le hacía gracia tener que mirar hacia arriba para poder
mirarle a los ojos. El coronel no era pequeño precisamente ni mucho
menos, pero el joven teniente todavía le sacaba unos cuantos
centímetros. Su mirada de ojos azules y seria le gustaba, durante
sus horas de trabajo siempre se mostraba serio e incluso podía
llegar a dar miedo gracias a su enorme cuerpo musculoso y sus casi
dos metros de altura. Pero Brandon había conocido al muchacho que
reía y hacía bromas cuando estaban tomando copas en un bar.
El teniente Rogers
llevaba trabajando con Brandon desde que había salido de la
academia, hacía ya tres años; confiaban el uno en el otro, sin
ningún tipo de duda y con el paso del tiempo, el coronel había
terminado viendo al muchacho como el hijo que Gena y él nunca habían
conseguido tener.
- Buenos días Melvin
- Buenos días coronel. Su transporte le está esperando al final del pasillo como todos los días. El general quiere hablar con usted. –Dijo tendiéndole unas gafas conectoras y luego se fue diciendo que le esperaba en el transporte.
Brandon pulsó el
botón para poner en marcha la conexión con el general y miró el
aparato un momento. No eran más que unas gafas normales, como esas
que veía en las películas de otros siglos, solo que estas disponían
de una pantalla extraíble para comunicarse en video mensaje. Nunca
le habían gustado esos malditos trastos. Tal vez fuera por su
naturaleza de militar, pero ponerse las gafas conectoras y aislarse
del mundo durante más de un segundo le ponía de los nervios.
El general Tom
Mayor apareció delante de él. Era un hombre extraño como ningún
otro que Brandon hubiera conocido en toda su vida y era conocido por
todas sus excentricidades y por su manía de que todo el mundo debía
llamarle Mayor Tom. Desde que Brandon lo conocía siempre había
tenido el cabello blanco, aunque ya no le quedaba mucho. Nunca se
había atrevido a preguntarle su edad, pero hacía mucho que
aparentaba más de sesenta; además era bastante más pequeño que el
coronel, lo que era extraño, cuando los hombres no bajaban del metro
ochenta desde hacía varias generaciones. Aún así, era un hombre
imponente y sus ojos, sobretodo sus ojos podían hacer que cualquier
hombre saliera corriendo en menos de un minuto.
- Buenos días coronel Nichols.
- General. – El coronel hizo un gesto solemne con la cabeza en forma de saludo.
- Es bueno ver que la gripe todavía no afecta a mi gente de confianza. Excepto por el pobre Peter, ese chico era un buen asistente. Me gustaba el café que me traía todos los días, aunque no hubo forma de conseguir que aprendería que lo quiero con dos azucarillos y medio. ¿Tan complicado es pedir dos azucarillos y medio? Pero sabía hacer su trabajo en la oficina y desde luego sabía mantener la boca cerrada cuando escuchaba algo que estuviera más allá de sus competencias. No sé si encontraré otro muchacho como él o tal vez no debería hacerlo… – Brandon esperó pacientemente a que el general dejara de divagar y le dijera lo que quería de él. - ¿Has visto las noticias esta mañana, Coronel?
- La gripe sigue matando igual que ayer, señor.
- Tú también eres de los que no pasan de los primeros cinco minutos del telediario, ¿eh Coronel? Deberías estar más atento. A veces salen cosas nuevas.
Antes de que el
coronel pudiera decir nada, un video apareció delante de sus ojos,
mientras la voz del general seguía sonando al fondo.
- Te presento al doctor Albert Reynolds.
Brandon tenía
delante el rostro de un hombre unos diez años más joven que él.
Posiblemente se tratara de las gafas de pasta negra, pero tenía el
típico aspecto de un ratón de laboratorio además su cabello rubio
y corto estaba completamente despeinando, como si no se lo hubiera
arreglado en días.
- Nunca he oído hablar de él.
- No es de extrañar. – El general sonrió. – Nadie toma en serio sus ridículas teorías. – mientras le escuchaba, Brandon examinaba la imagen del hombre como un sabueso que estuviera analizando a su presa. – Unos pocos lunáticos lo consideran un genio, el resto del mundo académico se ríe de él.
- Entonces ¿Por qué nos interesa tanto si es un pirado?
- Porque el pirado da una videoconferencia a nivel mundial esta tarde en New Washington y, digamos que nosotros estamos bastante interesados. – Brandon cada vez comprendía menos. – No te preocupes tanto Coronel, te daré toda la información que necesitas un poco más adelante; por el momento lo dejaremos en que tu trabajo de hoy será ir a buscar a Reynolds, esperar que termine su conferencia y llevarle contigo a nuestra sede central?
- ¿Quiere que lleve a un completo loco al lugar más secreto de la Tierra?
- Dale un poco de tiempo a todo esto Coronel, verás que tiene sentido. Además se trata de órdenes de arriba, ni siquiera yo podría hacer oídos sordos.
El general terminó
la conversación sin decir nada más. Siempre se trataba de lo mismo.
El general Mayor daba extrañas instrucciones y Brandon tan sólo
podía cumplirlas sin rechistar.
Miró de nuevo el
reloj; todavía tenía tiempo para tomar un buen desayuno en su
cafetería favorita en la cima más alta de la ciudad. Casey’s era
el lugar perfecto para sentirse como un pájaro, sobrevolando la
ciudad entera.
Como todos los
días, el teniente Rogers le acompañó. Melvin disfrutaba de la
compañía del coronel. Nunca lo diría en voz alta, sabía que el
coronel Nichols no se sentía cómodo reconociendo su relación
paternal, pero Melvin admiraba a ese hombre como a ningún otro.
- ¿A qué esperabas que no me iba a enterar? – Melvin casi se atragantó con la tortita que estaba comiendo y el coronel se echó a reír. – La boda. Y tu ni si quiera me has presentado todavía a ese Brad Collins.
- ¿Cómo…?
La carcajada de
Brandon se hizo más intensa.
- ¿De verdad crees que no iba a preocuparme por quien es el hombre con el que te vas a casar? Ahora ya sé que es un buen chico, a estas alturas sé que no tiene ningún esqueleto en el armario. Ahora sólo espero que no tengas miedo a presentármelo.
- Claro que no, señor.
- Brandon, por favor. Estamos desayunando, ahora mismo no estamos de servicio todavía.
- Bueno Brandon, ya que se… ya que te empeñas tanto, mañana por la noche…
- Será un placer ir a cenar a vuestra casa. Hace mucho que Gena no te ve y te echa de menos.
Melvin todavía
recordaba haber pasado aquel mes viviendo en casa de los Nichols
cuando llegó a la ciudad justo después de salir de la academia y no
tenía donde vivir. Por algún motivo que nunca le había dicho, el
coronel se había encariñado con él desde el primer momento y Gena
había sido la mejor anfitriona posible.
- Brad preparará
la cena, de no haber sido profesor, ahora mismo sería un gran
cocinero, un gran chef probablemente.
*
En
ocasiones como aquella, Brandon odiaba su trabajo. Llevaba dos horas
escuchando la conferencia del profesor Reynolds “Nuestro pasado
vino de las estrellas” y tenía que hacer duros esfuerzos para no
dormirse. La sala estaba casi vacía por completo, tan solo el
técnico que controlaba la correcta difusión del video a todo el
mundo acompañaba al científico, más una chica, su asistente
personal, dedujo Brandon, que manejaba el ordenador para colocar las
imágenes y los vídeos que acompañaban a las palabras del profesor.
El coronel era uno de los pocos
espectadores allí en la sala, pero el profesor Reynolds no parecía
prestarles mucha atención a ninguno de los hombres que lo
escuchaban. Para Brandon, todo aquello no eran más que las palabras
de un lunático con demasiada imaginación.
- Las pruebas están delante, pero para la mayoría de la gente es más fácil no verlas - Estaba diciendo el profesor cuando Brandon volvió a hacerle caso. - Sin embargo, yo espero que mis palabras les ayuden a ver la realidad con una mente mucho más abierta.
El profesor
terminó la conferencia y su asistente apagó el ordenador.
- Ha sido genial, profesor. – Le dijo la chica muy sonriente. – Espero que el mundo empiece a hacerle más caso a partir de ahora.
- No estoy tan seguro Belinda. La gente prefiere mantener una venda sobre sus ojos.
- ¿Profesor Reynolds? ¿Albert Reynolds? – Preguntó Brandon. Se levantó de su asiento y se dirigió al científico.
- Si ha estado viendo toda mi conferencia sentado en esa esquina, supongo que sabe quién soy.
- Si, tiene razón, precisamente por eso, vengo a hablar con usted. – Brandon extendió una mano que el otro hombre estrechó. – Soy el coronel Brandon Nichols y estoy aquí porque se requiere su asistencia en nuestras instalaciones.
El científico
permaneció tranquilo, mientras recogía su ordenador, todas sus
anotaciones holográficas y escuchaba las palabras del militar; a
diferencia de su asistente que parecía haberse convertido en una
enorme figura de gelatina.
- Después de tanto tiempo, el ejército quiere hablar conmigo. Menuda sorpresa, con todas las veces en las que yo he intentado hablar con ustedes. – Albert se sentó en la mesa ahora limpia y se cruzó de brazos. - ¿Cuál es la emergencia tan terrible que ningún otro científico ha sido capaz de resolver?
Brandon miró a
Belinda y Albert le hizo un gesto de cabeza para que los dejara
solos.
- Se trata de la gripe de la sangre. – Dijo por fin el coronel.
- ¿Y como se supone que tengo que ayudarles con el gran misterio de la extinción humana? Por si no se ha dado cuenta, se lo mismo o posiblemente menos que ustedes los militares.
- No me compete a mí hablarle de esto. Yo sólo estoy aquí para llevarle conmigo.
- ¿Y si me niego? – Brandon no contestó, tan sólo lo miró en silencio y tras unos segundos, Albert se echó a reír. - Así que se trata de una petición forzosa. Supongo que es algo realmente importante. Muy bien entonces, deje que termine de recoger mis cosas, le daré unas indicaciones a mi asistente y podrá llevarme donde usted quiera
*
El teniente Rogers
pilotó el transporte privado del coronel de regreso a la base.
Apenas había tráfico desde que cien años atrás subieron los
impuestos sobre todo tipo de vehículos privados por la ciudad, ya
fueran terrestres o aéreos. El presidente norteamericano de entonces
puso duras multas para proteger la cada vez más pequeña capa de
ozono y tratar así de frenar todas las enfermedades de la piel, que
afectaban a la población humana.
Así, los
ciudadanos dejaron de usar casi en su totalidad, los automóviles y
pasaron al transporte público y los coches que circulaban por las
calles y sobre ellas, eran casi todos oficiales. Por eso, el viaje
que un siglo antes habría costado casi una hora por culpa del
tráfico, se convirtió en un paseo de apenas veinte minutos.
- ¿Va a decirme de que va todo esto antes de dejarme con sus jefes? – Preguntó Albert tras un largo silencio en el transporte volador. Sin embargo, Brandon mantuvo la mirada al frente. - ¿O es que usted no es más que otro peón de los de ahí arriba?
- La humanidad se está muriendo y por un motivo que no logro comprender, los expertos en la gripe creen que usted es una aportación a su investigación. No me pagan para saberlo todo.
- Usted prefiere seguir órdenes. - Albert miró por la ventanilla. Un par de transportes más pasaron a su lado. En su interior, hombres trajeados hablaban por el comunicador.
- Supongo que no le gustan mucho los militares. En el fondo le comprendo, nuestra fama nos precede, aunque las cosas hayan cambiado tanto últimamente.
- Los militares me dan igual en realidad. Solo lamento su falta de libertad personal.
Brandon se mordió
la lengua para no contestar. De camino a la conferencia había
estado buscando algo de información sobre el profesor en la red
global y lo que había visto no le había gustado demasiado. Durante
sus años de universidad había formado parte de varios grupos
revolucionarios ligados a los casi desaparecidos anarquistas. Se
había visto involucrado en unos pocos incidentes declarados de
terrorismo callejero, pero nunca habían podido probar nada contra
él.
- Hemos llegado. – Dijo finalmente el coronel – El general Mayor nos está esperando. Él le pondrá al día de todo lo que necesita saber para trabajar. – “Y lo que yo necesito saber, espero.” Dijo Brandon para sí mismo, porque en ese instante, se sentía tan perdido como el profesor.
- A todo esto. ¿Dónde estamos? Porque, no me ha vendado los ojos, ni me ha drogado para mantener la localización en secreto. - Albert sonrió, aunque pronto su gesto se volvió serio.
- Esto, profesor Reynolds, es el Area 52B.
- ¿Cómo ha dicho? ¿52B? ¿Qué pasó con la 51?
- Leyenda urbana. Es una buena tapadera para que nadie busque la localización del verdadero punto caliente de nuestras investigaciones más importantes.
Albert ya no reía,
incluso había perdido casi todo el color de su rostro.
- ¿Puedo preguntar entonces por el Area 52?
- Eso es información clasificada.
- Claro, información clasificada. Como no.
- Si ahora es tan amable de acompañarme.
El profesor lo
hizo en absoluto silencio, pensando que aquello no debía ser más
que la punta del iceberg de lo que estaba por descubrir. Brandon
caminaba delante de él y detrás lo hacía el teniente Rogers, que
miraba de vez en cuando al profesor, por si en algún momento decidía
hacer un tour privado por las instalaciones.
Aún que así
fuera, no habría podido tener muchos sitios a donde ir. Por cada
puerta junto a la que pasaban, había un par de hombres armados
custodiándola, además de que todas tenían consola de entrada,
control de retina y de huellas digitales.
Continuaron hasta
entrar en una enorme sala de control. Estaba abarrotada de gente
vestida con batas blanca de científicos; al menos veinte personas
trabajaban frente a monitores, otras tantas, hablaban con gafas
conectoras y tres más estaban en modo de realidad virtual. Dos
hombres hablaban en medio de la sala, uno, el general Mayor vestía
con su uniforme de costumbre, el otro, un muchacho de poco más de
veinte años, al que Brandon no había visto nunca, también con bata
de científico. Los dos hombres se volvieron a su llegada.
- Coronel Nichols, llega justo a tiempo. Nuestros expertos acaban de obtener nuevas cifras sobre la epidemia. – El general le indicó con una mano que se acercaran y luego se volvió hacia el otro muchacho. – Rob, cuando quieras.
El chico se pasó
una mano por el cabello rizado y luego se mesó la barba de pocos
días que le cubría parte del rostro. Brandon se preguntó cómo
había llegado a conseguir el trabajo allí siendo tan joven. Sin
embargo, sus ojos castaños, casi negros, mostraban una seguridad
increíblemente poderosa, una tranquilidad que, dada la situación
que se estaba viviendo todo el mundo no parecía normal, aunque en
cierto modo le recordaba a él tras la pérdida de su padre por la
gripe.
Finalmente, el
muchacho presionó uno de los botones de la pantalla líquida, hasta
ese momento invisible, que tenía detrás de él y esta se iluminó
con gráficos, mapas y cifras.
- La situación no pinta nada bien general. La enfermedad se ha extendido por toda la costa Oeste y ha arrasado Seattle casi en su totalidad. Los supervivientes han sido evacuados y separados entre infectados y sanos. Las noticias no son mucho mejores en el resto del mundo. Nuestros expertos en Israel han sido evacuados hace hora y media. El país ha caído casi por completo. La Unión Africana de países libres, sin embargo, sobrevive mejor, porque han cerrado todas sus fronteras. El mundo asiático apenas nos comunica su situación pero nuestros pájaros de reconocimiento sospechan que están igual o peor que nosotros. Lo único que desconocemos es porque la Federación Europea tiene más controlada la epidemia. Hemos enviado agentes para que hagan todas las pruebas necesarias en la población para averiguarlo.
- Muchas gracias Rob. Lamento mucho lo que le ha ocurrido a tu hermano. – Dijo el general, dándole una palmada en la espalda al muchacho.
- Gracias, general. Peter fue un luchador en todo momento, pero debería haber hablado antes de su estado, pero consideraba tan importante trabajar con usted, que prefirió estar a su lado hasta el final.
El científico se
marchó y Brandon lo vio desaparecer, con los hombros ligeramente
caídos, no era fácil recordar a los seres queridos perdidos. Todo
el mundo había perdido a alguien ya debido a la gripe, familias
enteras habían muerto por culpa de la enfermedad. Unos usaban ese
dolor como excusa para no seguir adelante, otros en cambio, como el
joven científico que acababa de marcharse, encauzaban el dolor hacia
la rabia y las ganas de acabar con la enfermedad que se había
llevado a sus seres queridos. Brandon no sabía todavía en qué lado
estaba él.
- Como ve coronel, la situación es crítica y precisamente por eso, nos vemos obligados a seguir caminos un poco menos ortodoxos de lo normal. Profesor Reynolds, me alegro de verle y supongo que tendrá curiosidad por saber el motivo por el que se encuentra aquí.
- Lo cierto es que si, general.
- Muy bien, entonces, déjeme decirle primero que encuentro su trabajo y sus investigaciones muy interesantes.
- Gracias general…
- Puede llamarme Mayor Tom. Tendrá que contarme, en otro momento mucho más tranquilo, por supuesto, su truco para hacerse con tantos archivos confidenciales.
- Si se lo dijera, me detendría y encarcelaría para el resto de mi vida. – Los dos hombres se miraron fijamente a los ojos. Ambos guardaban secretos, los dos querían saber los del otro.
- Coronel Nichols, me gusta este hombre.
Albert no podía
decir lo mismo del general. Siempre había tenido un sexto sentido
para leer en los ojos de las personas y estaba convencido que aquel
hombre no era precisamente lo que decía. Había secretos muy
profundos en su interior.
- General, con todo el respeto. ¿Qué hago yo aquí?
- ¡Ah sí! Es cierto. Señores, pongan las diapositivas en marcha mientras el profesor Reynolds firma el documento de confidencialidad. – El general le tendió la carpeta al profesor. – Aunque dada la fama con la que cuenta, no creo que nadie creyera sus palabras, si cuenta algo sobre lo que vea aquí. ¿Reconoce estas imágenes profesor? – Albert levantó la mirada hacia la pantalla líquida. – Son antiguas y de una calidad pésima, pero imagino que las habrá visto en alguna ocasión.
El Apolo 13
surcaba el universo y se posaba en la superficie lunar. Armstrong
aparecía allí, decía su pequeño discurso y colocaba la bandera.
Albert asintió a cada escena que veía. De niño había soñado con
seguir los pasos de aquellos aventureros modernos. Sin embargo, un
instante más tarde, aparecieron unas imágenes que no había visto
en su vida. Brandon, por su parte, sólo había oído hablar de
ellas. Verlas con sus propios ojos, fue algo mucho más
impresionante.
En la pantalla,
junto a la figura de Armstrong apareció una luminaria. La cámara se
volvió hacia allí La luz estaba lejos, pero era intensa y estaba
sobre la superficie de la luna, pero sobretodo, era artificial.
- ¿Eso es…? – Albert no terminó la pregunta, no era necesario. El general sonrió pícaramente.
- Usted, profesor Reynolds, ¿Puedo llamarle Albert? Siempre ha mantenido la teoría de que nuestro planeta ha sido visitado por civilizaciones alienígenas desde el principio de los tiempos…
El profesor caminó
hacia la pantalla mientras la imagen cambiaba a una vista aérea de
la luna y sobre ella en los cráteres y rodeándolos, había
construcciones. No se trataba de las viejas fotos que algunos
buscadores de alienígenas usaban, no eran rayas en el suelo o
hileras de piedras que perfectamente podrían ser consideradas
naturales. Aquello eran edificios auténticos, carreteras e incluso
ríos, con, lo que solo podía ser descrito como agua.
- Es imposible.
- ¿Más imposible que las pistas para los dioses del cielo de Nazca, profesor? ¿Más que las visitas intergalácticas a los Dogones? ¿O más imposible que el regalo de los seres de otros mundos a los primitivos humanos para ayudarles a evolucionar?
- General. – Consiguió decir Brandon al recuperar la capacidad de hablar. Para esto sí que no lo había preparado nadie. – ¿Está diciendo que la luna estuvo realmente habitada?
La imagen se
acercó un poco más a la ciudad selenita y de pronto unas sombras se
movieron entre las supuestas calles. Tanto Albert como el coronel
dieron un respingo y un paso atrás.
- Dios mío. – Susurró el profesor. – Tengo razón, mis teorías… no son teorías.
- General ¿La Luna estaba habitada cuando el hombre llegó allí? - Preguntó de nuevo el coronel, sin poderse creer que realmente lo estuviera diciendo en voz alta.
- No estaba habitada, coronel Nichols. La Luna está habitada.
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